Un cuento criollo – Doryoku

Todo ocurrió de manera natural en un frío día de diciembre.

En una pequeña ciudad de Colombia se encontraba un joven esperando un bus para dirigirse al centro de la ciudad. Allí, en aquel andén de una calle cualquiera, observó un pequeño local casero dedicado a la venta de objetos fabricados con madera entre los cuales observó una gran cuchara. Sí, una cuchara para hacer natilla, de aquellas tan utilizadas en aquella época. Él se aproximó al local con la firme intención de comprarla, pero aquel joven no deseaba comprar aquella cuchara para darle el uso tradicional, no. Este tenía algo mucho mejor en mente, algo maquiavélico, sádico, mágico, artístico o como ustedes prefieran verlo.

La brillante idea de aquel chico era utilizar aquella cuchara natillera como un “paddle” criollo. Este sería su primer juguete BDSM, con el cual pretendía darle unos buenos azotes a su compañera de juego. Al llegar al local, aquel joven solicito que le enseñarán la cuchara de madera más grande que tuvieran y así lo hicieron. Al tenerla en las manos se maravilló, sus ojos se iluminaron, era justo como él la deseaba. Pero tenía un detalle, el mango era demasiado largo y él consideraba que podría volverse molesto por lo que le preguntó a la señora que lo atendía que si podría cortar el mango por la mitad, a lo que esta respondió que no era conveniente, que podría ser peligroso utilizarla con un mango tan corto. Él le indicó que no había problema alguno, que al fin y al cabo no la utilizaría para batir natilla (le haría revolcar el culo a una joven como una natilla caliente, que es diferente). Sin embargo no le explicó el verdadero fin que cumpliría aquella herramienta, la señora no se imaginaba las oscuras y perversas intensiones que tenía en mente el comprador de dicho instrumento.

La cuchara fue cortada como lo indico el joven. Este se retiró del lugar con una sonrisa en la boca y un malicioso brillo en la mirada; esperaba con ansias aquel momento en el cuál pudiera usar esa cuchara, aquel paddle criollo. Se imaginaba con gran morbo el sonido que este produciría al azotar las nalgas de su compañera, el color rojizo que ocasionaría en las mismas y obviamente el mar de emociones que lograría causar en ambos. Sabía que su compañera no colocaría resistencia alguna y así mismo sucedieron las cosas, pero esto hace parte de otra historia, de otro cuento, que espero poderles contar en otra oportunidad.

Cabe decir que el chico aún conserva aquel paddle criollo, aquella cuchara tallada por las manos de una señora artesana de una pequeña ciudad de Colombia y que sigue siendo uno de sus juguetes BDSM preferidos.

FIN

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